Eric Hobsbawm - Industry And Empire (1999)
Un gran libro sobre una época que cambió al mundo
Siempre me he considerado economista de carrera pero historiador de corazón. Prácticamente el 90% (o más) de todo lo que leo está relacionado de mayor a menor media con la historia y si tuviera que escoger el episodio que mejor conjuga estas dos disciplinas es la revolución industrial. No solo es el evento (o más bien proceso) más importante de toda la historia humana sino que en ese siglo y medio de progreso sin precedente se pueden analizar los méritos y fracasos de las corrientes de pensamiento económico que de cierta manera sembraron las semillas de lo que sería la economía mundial del siglo XX y cuyas consecuencias las vivimos hoy día. La revolución industrial es importante porque en 150 años cambió la manera de vivir de la humanidad como nunca antes: sustituyó el esfuerzo físico humano por las maquinas, hizo posible el transporte moderno e introdujo los bienes de consumo a una proporción de la población que jamás hubiera podido soñar con estos beneficios o lujos.
Pero no todo fue de color de rosa y es aquí donde entra la brillante narrativa de Eric Hobsbawm, un famoso historiador económico con tendencias marxistas que ha sido bastante crítico de la mayoría de las corrientes ideológicas modernas: ha denunciado el fracaso del comunismo, del fascismo, pero también del capitalismo de libre mercado por no llegar a la altura de sus promesas. Gracias a esta perspectiva, Industry And Empire se vuelve un interesante recuento no solo la manera en que la industria y tecnología revolucionaron el mundo sino sus efectos en la sociedad, particularmente en los estratos menos privilegiados. Por desgracia generalmente se nos muestra los enormes saltos de progreso que la turbina de vapor, el “spinning jenny” textil y el ferrocarril nos trajeron (especialmente los que se la pasan alabando el Porfiriato en México como ejemplo supremo y absoluto del desarrollo nacional) pero solo cuando leemos Oliver Twist nos damos cuenta que para muchos, la revolución industrial fue un retroceso social y que no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando la prosperidad relativa realmente llegó a casi todas las clases.
Antes que nada, Industry and Empire está escrito desde un punto de vista completamente británico. Los efectos de la revolución industrial en otros países simplemente se explican en base a su efecto sobre la economía británica cosa que al principio fue una decepción (por el título me imaginé un enfoque más global) pero después llegué a la conclusión que fue lo mejor: el protagonista de la revolución fue la Gran Bretaña, tanto en su invención como en su fracaso. A través de las más de 300 páginas se estudiará con minucioso detalle cómo el Reino Unido se industrializó, cómo llegó a dominar la economía mundial en las décadas inmediatas a las guerras napoleónicas pero finalmente cómo fue alcanzado y superado por las economías emergentes de Alemania y los Estados Unidos quienes fueron los verdaderos ganadores de la llamada “Segunda Revolución Industrial” de finales del siglo XIX. El estancamiento entre las guerras también es explicado al igual que los cambios posteriores donde la Gran Bretaña dejó de ser una economía mundial para volverse en economía europea (también se menciona la agricultura y los efectos de la revolución en Irlanda, Escocia y Gales).
¿Por qué Inglaterra? Esa seguramente es la primera pregunta que cualquier estudiante del periodo se preguntará y es la que domina las primeras partes del libro. La razón parece obvia en retrospectiva: era el único país que contaba con un comercio internacional capaz de enfocar la expansión de ciertas industrias (algodón al principio) hacia el exterior, también gozaba de un mercado interno desarrollado y en proceso de urbanización y finalmente, era dirigido por un gobierno que apoyaba fuertemente tanto al comerciante como al productor, además de incentivar el progreso tecnológico y beneficiar a ciertas industrias gracias a su gasto público (particularmente gracias a la marina). La combinación de estos tres factores se complementó con las chispas de genialidad que hicieron posible los grandes inventos como la turbina de vapor y el sistema de fábricas para la industria textil que hizo que Lancashire (la región que abarca la ciudad de Manchester) se volviera la primera región industrializada del mundo. Ante la supremacía política y naval conseguida tras la derrota de Napoleón, fue cuestión de tiempo en que las manufacturas británicas dominaran la economía mundial.
En materia social, el éxito fue mixto. Los libros de texto de historia hacen un muy pobre trabajo en explicar la dualidad del avance tecnológico sin precedentes y el malestar social de mediados del siglo XIX que llevó a la propagación de ideologías radicales como el comunismo y el anarquismo. La realidad es que la industrialización destruyó un estilo de vida que llevaba siglos de existir: una vida de individualidad laboral donde nadie estaba sujeto a la monotonía de la cadena de montaje ni a la dictadura del horario y el salario. La destrucción de pequeñas comunidades gracias a la urbanización también acabó con los sistemas de apoyo comunitario lo que dejó a muchos a la merced de la indigencia y pobreza con la pérdida del empleo ya que las provisiones sociales eran nulas. Ni decir de las monstruosidades urbanas de ladrillo y smog que se esparcieron como plaga por todo el país. En pocas palabras, la ciudad destruyó a la sociedad, aumentó la distancia entre dueño y obrero y entre rico y pobre. Es difícil de leer este libro y no llegar a la conclusión que al menos en el diagnóstico de la problemática económica fundamental, Marx tuvo toda la razón.
La fortuna de la economía británica durante las últimas décadas del siglo XIX tuvo una severa picada. El país no supo aprovechar la nueva fase de industrialización que se caracterizó por el desarrollo del acero, la petroquímica y los bienes de consumo y terminó siendo superado por Alemania y los Estados Unidos. El fracaso se dio por la inhabilidad de la industria británica en comercializar sus desarrollos tecnológicos y por no haber revolucionado su sistema educativo arcaico y elitista. Mientras los estadounidenses convertían todo lo que tocaban en oro y los alemanes implementaban el primer estado de bienestar del mundo y por consiguiente un sistema educativo universal, Inglaterra se retiraba de la competencia económica y se limitaba a establecer monopolios comerciales con los únicos lugares donde no tenía oposición: sus colonias. La adquisición de colonias alrededor del mundo tuvo así pues un fin principalmente económico: abrir mercados para sus productos por la inhabilidad de competir directamente con los demás países ya industrializados (a juicio del autor, una economía parásito). Las dos guerras mundiales cambiarían todo y con ellas, el rol del imperio en el mundo.
Aunque victorioso en ambos conflictos, Gran Bretaña emergió como una potencia muy debilitada. El auge de las políticas keynesianas durante el periodo destruyó el estado laissez-faire que había prevalecido y el gobierno cada vez tuvo un mayor papel en la dirección de la economía. No obstante, en cuestiones relativas al resto del mundo, particularmente Europa, el país siguió en decadencia: Londres había perdido su posición como el centro financiero del mundo, la descolonización había acabado con sus mercados protegidos y la administración conservadora de Margaret Thatcher terminó erradicando la industria domestica británica (el mejor ejemplo es que hoy día Inglaterra no tiene un solo productor nacional de automóviles). Para cuando Thatcher dejó el poder, el Reino Unido había caído hasta ser la sexta economía del mundo (y apenas la cuarta de Europa). No obstante, fue en la pos-guerra cuando prosperidad finalmente alcanzó a las clases obreras y bajas, principalmente gracias al acceso de bienes de consumo y al crédito como también gracias a la provisión de seguridad social y el bajo nivel de desempleo que ofreció el estado de bienestar con sus doctrinas keynesianas.
El libro termina con una fuerte crítica a la administración Thatcher (y su extensión por medio de John Major), que en poco más de una década destruyó el estado de bienestar, destruyó el sindicalismo nacional y acabó con la industria doméstica todo por su fe dogmática en dejar a los mercados libres de intervención gubernamental. Me pregunto pues, ¿qué lecciones podemos tomar sobre la historia económica británica de los últimos 250 años con respecto a la situación mexicana? Aunque son contextos muy distintos, hay al menos dos que llaman la atención. La primera es que un país que no es competitivo está destinado al fracaso. Pero competencia no es darle una rienda suelta al mercado sino más bien un estado que esté al pendiente de la gestión eficiente de la economía y que sepa cuando intervenir y cuando no (nótese el contraste del éxito de laissez-faire al principio de la revolución con su fracaso al final). La segunda es no hay progreso sin su correspondiente componente social y cualquier avance económico que no tenga esto como uno de sus pilares, no será mas que un éxito a medias.
En conclusión, Industry And Empire es un libro fantástico y uno de los mejores sobre el tema que haya leído. Logra cambiar por completo la perspectiva sobre esta época y se convierte no en una historia sobre maquinas y números, sino en una historia sobre gente. Ojalá todos los economistas viéramos el mundo así.









September 6th, 2007 at 8:20 pm
Es que los historiadores dicen que el concepto “Revolución industrial” se aplica a Gran Bretaña y en los otros países es “industrialización”.
Tengo un maestro que es fanático de Hobsbawm; el semestre pasado nos echamos entero su libro “Siglo XX”. No me quejo, a mi también me gusta este historiador :)
January 3rd, 2008 at 11:22 am
Necesito que me expliquen cuál es el modelo de análisis que utiliza HOBSBAWM al momento de presentar el proceso de la revolución industrial en Inglaterra .Gracias.
January 3rd, 2008 at 7:04 pm
Escribo reseñas, no hago tareas.