A Gamer’s Life I

Un viaje por el túnel del tiempo y la nostalgia

Si algún juguete en particular ha definido la niñez y la juventud (y hasta la adultez) de nuestra generación, han sido los videojuegos. La mayoría de nosotros que aún no llega a las tres décadas de vida somos hijos no solo de nuestros padres sino de nombres como Atari y Nintendo, amigos de héroes como Mario y Link y rescatistas de innumerables princesas escondidas en castillos enormes en las nubes. Los videojuegos no solo fueron un juguete cualquiera, fueron un estilo de vida, que en gran medida definió nuestros tiempos de ocio y hasta la gente con quien nos juntábamos. Últimamente he sentido una peculiar nostalgia por aquellas épocas de antaño, tal vez sea por una coincidencia o un impulso subconsciente de que en este 2007 cumplo 20 años en el que por primera vez llegué a jugar uno. No recuerdo cuándo ni dónde. Solo sé que mi vida jamás sería la misma.

Parte I: It’s all about the 1-UPs, baby!

Rewind a 1987. Tenía 7 u 8 años. Vivía en una ciudad civilizada lejos de estas tierras. Para ese entonces era muy común ver en los establecimientos recreativos los juegos de maquinitas (menos popular pero más apropiadamente llamadas arcadias). Algunos amigos míos también presumían de tener una de estas en casa, se llamaba Atari y pronto me di cuenta que jugar a los Transformers o a He-Man no era precisamente lo mismo que antes. Así pues, fue a finales de 1987 o principios de 1988 (tengo que ser honesto, estoy adivinando la fecha) que finalmente tuve en mis manos un Atari 2600 -ya obsoleto para ese entonces- pero suficiente para cautivar mi imaginación por un tiempo. Además, en ese entonces uno no era particularmente riguroso con sus gustos. ¿Acaso era necesario un control con más de un botón?

Intento inultimente recordar cuál fue el primer juego de Atari que llegué a tener. Posiblemente fue Moon Patrol, un juegito donde tenías un vehículo lunar que brincaba sobre baches y barricadas (hagan de cuenta el DF) y disparaba verticalmente contra alienígenas voladores. Llegué a acumular una colección de aproximadamente 20 juegos en los cuales recuerdo gratamente Kangaroo, Dig Dug, Asteroids, Defender, Missile Command, Millipede y Pitfall! (no puedo tampoco olvidar el divertidísimo Tennis, tal vez el mejor de deportes para la consola y otro que tenía un amigo llamado River Raid que en general considero el mejor juego de Atari de todos). Muchos de estos eran conversiones de juegos de maquinitas populares y gracias al Atari era posible jugarlos en casa aunque con obvias limitaciones gráficas.

Para finales de 1988 se volvía obvio que el Atari 2600 ya había cedido la corona a otra consola: el Nintendo. Y como todo niño mimado, tenía que tenerlo. Recuerdo como si fuera ayer el día que fui con mi tía a comprarlo, era un día nublado y lluvioso y tuvimos que viajar varios pueblos de distancia para encontrarlo (era demasiada tecnología para mi rancho ya que no vivía precisamente dentro de la ciudad civilizada). Finalmente, sería mio con todo y Super Mario Bros. (sí, el primerito), Duck Hunt (ese juego en que usabas la pistola y matabas patos) y Double Dragon, el primer juego que compré aparte de los incluidos. Cabe mencionar que ya era un fan ardiente de este último en vista de su éxito en las arcadias (era imposible resistir la tentación de ir por la calle madreándote a medio mundo con bats, cuchillos y látigos). Hasta hoy día lo llego a jugar con emulador de vez en cuando.

Double Dragon también fue uno de esos juegos que de cierta manera resumía el panorama mental de los años ochenta. Era un mundo post-apocalíptico lleno de ciudades obscuras y sucias, dominada por pandillas de punks con cadenas y picos. Sí, esto era varios antes de que la idea de delincuente fuera sustituida por negros raperos y vatos locos forever ese. También era un reflejo de la realidad Reaganeana: el confrontamiento de la Guerra Fría, la epidemia de crack, la decadencia social y urbana en las grandes pero ya decrépitas ciudades industriales estadounidenses. Lo sé muy bien: esa ciudad civilizada en la que vivía en ese entonces era Nueva York y lejos estaba de la opulencia de los años 90. Times Square no esta lleno de rascacielos resplandecientes, estaba lleno de cines pornos y vagabundos. El subway, grafiteado cada centímetro cuadrado. Esos eran los mejores tiempos y eran los peores.

Regresando al tema, el Nintendo sin duda me trajo los mejores recuerdos de los videojuegos en mi niñez. Jamás olvidaré los castillos de Drácula en Castlevania, la visión Orwelliana de Bionic Commando, ni mucho menos los laberintos de The Legend of Zelda. Los panoramas futuristas de Mega Man, la historia enganchadora de Ninja Gaiden, las horas enteras explorando los mundos de Final Fantasy, Dragon Warrior o Crystalis serían la forma más divertida de pasar el rato en casa cuando no se podía salir. Afortunadamente, el Nintendo también fue una actividad social y lo único mejor que acabar con una invasión alienígena en Contra, derrotar a Shredder en Teenage Mutant Ninja Turtles, y ganar la serie mundial en Bases Loaded o el mundial de fúbol en Goal! era hacerlo con (o contra) un amigo. Mientras tanto, todos los secretos, reseñas y mapas se conseguían en revistas como Nintendo Power a la cual fui subscriptor de 1989 hasta 1991.

Fui ávido jugador de Nintendo aproximadamente hasta 1991 cuando a partir de entonces comencé a perder interés. Ya había ganado casi todo mi repertorio de más de 50 juegos o de plano me había aburrido de los otros. Para ese entonces, había dejado la Gran Manzana y me encontraba en los calurosos (pero lluviosos) trópicos de Costa Rica. Y a principios de los años 90, Centroamérica no era particularmente globalizado. Era casi imposible conseguir juegos de Nintendo salvo mediante algún amigo que se iba de vacaciones a “los Yunai” o en mi caso, a México donde eran carísimos (si mal no recuerdo, un juego original en los distribuidores de Nintendo de México costaba en ese entonces casi $100USD lo cual era algo prohibitivo). Para ese entonces el Nintendo también ya estaba pasando de moda gracias a la emergencia de consolas de 16-bits como el Sega Genesis (que ya llevaba tiempo en el mercado) y el recién salido Super Nintendo.

Pero tardaría poco en recobrar el vicio.

To be continued mañana…

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2 Responses to “A Gamer’s Life I”

  1. Alito Says:

    Nunca jugaste Seaquest ? Era un submarino que tenía que madrear submarinos enemigos y tiburones al tiempo que rescataba a buzos perdidos… Estaba de huevos.

  2. Alito Says:

    Seaquest
    Description
    Your divers are out in the ocean collecting treasure; now that they have found what they’re looking for, you need to pilot a submarine and return them safely to the surface! You can carry up to six divers at a time, and when you safely return the six divers to the surface, you move on to the next, faster level. Your sub has a limited supply of oxygen; if your oxygen meter gets too low, you will need to surface to replenish the oxygen supply. If you surface with less than six divers, you lose one of the divers. If you surface with no divers at all, then your sub will explode. To make your task more challenging, numerous giant sharks and enemy submarines travel throughout the waters and can destroy your sub on contact. To help out with these enemies, you have an unlimited supply of torpedoes which can be fired to destroy both the sharks and subs. As the levels progress, the game gets faster and more enemies appear at a time.

    http://www.mobygames.com/game/atari-2600/seaquest

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