Debraye #26 - Un extranjero en México

A veces tomamos las cosas por un hecho. Vivimos nuestras vidas cotidianas sin cuestionarlas, sin pensar en su por qué y el resultado es que nos volvemos indiferentes ante su significado en nuestras vidas. Dejamos de opinar sobre si están bien o mal, sobre si otros las hacen diferente y nos transformamos en seres complacientes, conformistas, mediocres. Otros (peor tantito), se satisfacen con responder de que “así son las cosas porque sí”, o “si no te gusta, lárgate”. Es por esto que a veces me pongo a pensar sobre qué pasa por la mente de un extranjero que viene a México. No, no hablo de un spring breaker que llega a Cancún para echar desmadre, hablo de un norteamericano o europeo que llega a nuestro país para echar raíz al menos unos meses y se topa con las idiosincrasias de la vida cotidiana de nuestra querida nación. Su historia nos dice más de lo que nos imaginamos…
Desde la llegada al aeropuerto, México parecerá como un mundo nuevo para este anónimo extranjero. Su primer vistazo a nuestra capital será una mezcla de fascinación y horror al ver la enorme mancha urbana que se extiende hasta las montañas, coloreando el paisaje con un sombrío gris uniforme que solo en contadas ocasiones perímete que el verde se asome. Esto en total contraste con las urbes de su país de origen, que si bien se extienden por igual o mayores distancias, son dominadas por un panorama mucho más natural: avenidas flanqueadas por árboles y casas que se pueden contar al primer vistazo. Nada de eso en México: el pavimento obscuro no deja mucho espacio para los jardines ni los parques, y la hipnotizante mezcolanza de vivienda parece un collage mal hecho e improvisado; sin orden ni sentido, sin una característica propia fuera de su genérica fealdad.
Si las cosas se ven mal desde arriba, al llegar a terra firme la cosa se pone peor. Su primera impresión de la ciudad mexicana es que se siente densa, encimada. Será por las diminutas banquetas, la falta de áreas públicas y parques o los enormes muros o rejas cilíndricas que protegen a los edificios del exterior. Se percatará de la arquitectura brutalista que parece una mala imitación de un modernismo anticuado y que carece de identidad por no decir de estética. Su impresión empeorará cuando llegue al centro histórico donde se preguntará a sí mismo ¿cómo es posible que el pueblo que construyó estos hermosos palacios neoclásicos, góticos y barrocos haya hecho esas otras monstruosidades sin sentido, sin detalle y sin cariño? Estará lejos de pensar que es una ciudad digna de la monumentalidad de sus dimensiones, sino una abominación urbana regida por el caos y el descuido.
Nuestro extranjero anónimo se podría pasar las horas describiendo las diferencias físicas de este nuevo país pero son los mexicanos mismos los objetos de su mayor fascinación. Lo primero que hará llegando al hotel es prender la televisión y practicar su español antes de aventurarse afuera. Cambiando entre los canales locales verá que predominan programas estúpidos con conductores que se la pasan gritando y bailando alrededor de enanos, tipos disfrazados, mujeres en bikini y demás incoherencias sin ningún valor intelectual (y eso que la televisión local en su país tampoco es muy buena). Pero es en los cortos comerciales donde se lleva su mayor sorpresa: no pasan 15 minutos sin un anuncio del gobierno. Se reirá al pensar que así es como se imaginaba a las sociedades comunistas en la Guerra Fría: pura propaganda escupida hora tras hora para ver si alguien se la cree.
Otra curiosidad sería que lo que sale en la programación no es ni remotamente apegado a la realidad del país. Para empezar, casi todos los actores y actrices que salen en los comerciales son blancos, trabajan en oficinas modernas y manejan SUVs. Son los héroes de las telenovelas mientras que los prietos son los villanos o los bufones. Sin embargo, afuera del hotel ve gente no tan blanca, indios, trabajando en tianguis y tienditas. Se le hace una triste ironía que en su país las minorías salen más en la televisión que las mayorías en México y se pregunta si no hay nadie que se percate de que hay algo fundamentalmente equivocado en este país cuando en la caja del cereal aparecen niños guëritos jugando frente a una granja roja de dos aguas como si eso fuera el estándar de las zonas rurales empobrecidas. No recuerdas que en otros países del mundo predominara tanto una minoría dominante.
En fin, dos horas y 20 comerciales de la Presidencia, el Senado y el Gobierno de la Ciudad después se preguntará si el país descrito en esos anuncios es el mismo que ve afuera de su ventana. Si tantos empleos se están creando, ¿por qué están todos esos vendedores ambulantes? Si hay tantas escuelas nuevas, ¿por qué son las 11 de la mañana y hay cualquier cantidad de niños y jóvenes en la calle siendo que no es fin de semana ni feriado? Si tan dinámica es la economía, ¿por qué el país parece no haber cambiado desde aquella última vez que vino de visita hace 15 años? Recuerda que Shanghai y Dubai eran ciudades polvorientas la primera vez que los visitó y ahora parecen salidas de una película de ciencia ficción con sus enormes rascacielos de vidrio y aluminio, autopistas modernas y centros comerciales. Aquellos chinos que viajaban en bicicleta a su pollería, ahora llegaban en metro a su oficina.
El siguiente trauma fue para los bolsillos. Se dio cuenta que contrario a lo que mucha gente en el exterior piensa, México es un país caro. Fuera de la canasta básica, casi todo lo que encuentra es más caro que en su país. Por lo mismo que le costaba un celular con mp3 allá, aquí apenas le alcanza para uno con camarita. Y los servicios, aún peor. Termina pagando el doble por la mitad de velocidad en su internet y la mitad de canales en su cable. Ni hablar de la tasa de interés para una tarjeta de crédito en un banco mexicano: decidió mejor quedarse con la que tenía allá y hacer los pagos en línea. Y lo más sorprendente es que no hay opciones. Donde quiera que va solo hay una o dos compañías que ofrecen un dado servicio y donde sí hay variedad tal parece que todos están coludidos para exprimirle el último centavo al cliente y no para competir. ¿Esta es la economía dinámica que presumen en los anuncios?
Pasan los días la impresión del país no mejora. Se da cuenta de que no hay actividad en México que no esté corrompida hasta la médula. Cuando lo paró una patrulla por pasar un alto, ofreció pagar la multa pero el policía insistió en que mejor le diera su mordida. Después de un mes sigue sin finalizar el proceso para abrir su pequeña empresa. Previamente, su socio mexicano le presentó un proyecto tan lucrativo que el rey Midas hubiera babeado: le bajó el sol y la luna con promesas rimbombantes y “palabras de hombre” pero terminó traicionándolo y quedándose con su mochada de la inversión. El extranjero lo demandó pero terminó enfrentando otra lucha contra la ineficiencia del sistema judicial mexicano, sus incompetentes jueces corruptos, evidencias que desaparecen y por supuesto, las docenas de “chescos” que tuvo que financiar en el Ministerio Público para que le facilitaran sus trámites.
Por supuesto, el veredicto no fue favorable y terminó lamentando el hecho de que esto no sucedió hace un centenar de años cuando cualquier queja en su embajada sería una invitación para un regimiento de Marinos (maldito Calvo y sus doctrinas). Se puso a pensar, ¿qué se necesita en este país para sobresalir? Llega a percatarse del común denominador de los mexicanos exitosos: güeros, prepotentes, de apellidos pomposos que nunca terminan en “z”, viviendo una vida de primer mundo en el tercero. Gente que pide crepas en una sala de cine con asientos de piel (ya ni en su país se veían esos excesos). Irónicamente, en sus conversaciones con esta gente, nunca se percató que fueran particularmente más inteligentes que los demás. Tal parece que el mero apellido fue el boleto de lotería que se sacaron al nacer y que jamás se tendrían que inquietar por algo tan superfluo como el mérito.
Y es allí cuando le cae el veinte. “Ya entiendo porque la gente decide cruzar el rio, machetearse por horas bajo el calor californiano y soportar racismo y prejuicios. ¿Qué gana uno quedándose aquí? ¿Para qué permanecer en un país donde la importancia humana se desvanece ante una cultura de desconsideración, de impunidad, de desigualdad?” El extranjero decide empacar sus maletas y largarse. Mientras el avión despega, toma un último vistazo a las masas de humanidad moviéndose como hormigas en aquella ciudad que lentamente se encoje a la vista hasta perderse por completo bajo las nubes. ¿Por qué toleran vivir así? ¿Por qué votan año tras año por los mismos gobernantes y partidos ineptos? ¿Por qué se satisfacen con la mediocridad? Tan parece que estarán tan acostumbrados a vivir así que no se ponen a pensar que las cosas pueden ser distintas. Muy distintas.
Tan distintas que no nos las imaginamos… y por ende, no las intentamos.









March 22nd, 2007 at 8:57 am
Wooooow, MZ mis respetos, estas cabrón
March 25th, 2007 at 9:41 pm
(Aplausos)
(Aplausos)
Desgraciadamente no nos damos cuenta que vivimos en un hoyo que continuamente seguimos cavando con nuestra actitud, creemos que el éxito es el resultado de personas en determinadas circunstancias, es decir SUERTE; cuando en realidad se debe a personas con determinadas ACTITUDES.
March 26th, 2007 at 4:25 pm
“¿Qué sabe el burro de las estrellas si siempre mira hacia el suelo?”
¿Habremos perdido nuestra capacidad para soñar un pais diferente?
Algo en Oaxaca me dice que no.
March 27th, 2007 at 3:43 pm
Yo miro hacia adentro y luego hacia arriba… algo que a muchos se les está olvidando…