¿El subdesarrollo está en la mente?
Hace 100 años esto lo veíamos también en Irlanda. Ya no.
Subdesarrollados
Luis Rubio (El Reforma, 04/2007)
El subdesarrollo habita en la mente. De esta manera, un académico-diplomático explicaba, en un libro de hace veinte años, los círculos viciosos y de pobreza que caracterizan a la mayoría de los países de América Latina. En su momento, yo, como muchos analistas y estudiosos, rechacé la hipótesis implícita en el libro de manera casi visceral. Pensar que el subdesarrollo está en la mente, como rezaba el título del texto, y no en problemas estructurales de tiempo atrás, chocaba con todo lo que había aprendido en la universidad y pensado a lo largo de los años. Veinte años después, ya no estoy tan seguro de que Lawrence Harrison viviera en el error.
Desde una perspectiva analítica, lo que está de por medio en esta discusión es si los problemas de un país tienen origen en la cultura o en las instituciones. Se trata de un viejo debate en los medios académicos. Algunos afirman que el desarrollo depende de la existencia de un entorno cultural que genere valores y actitudes propicios a la inversión, la competencia y, en una palabra, el crecimiento económico. Thomas Sowell (Un conflicto de visiones) y David Landes (La riqueza y pobreza de las naciones) son los más recientes de una larga lista de pensadores que sostienen esta visión culturalista. Para quienes así piensan, el problema del desarrollo en un país como México reside, por ejemplo, en la ausencia de valores apropiados entre los empresarios que no les obligan a comprometerse con el país o en la existencia de trabajadores que no ven en su actividad una forma de trascendencia. En el ámbito político, los culturalistas afirmarían que la democracia mexicana no funciona porque no hay demócratas o porque la población se preocupa de asuntos no esenciales.
La visión alterna, que fundamenta sus explicaciones en las instituciones y en los incentivos que de ellas emanan, afirma que los seres humanos se adaptan al entorno en que viven y actúan de acuerdo a su mejor interés en cada momento. Cuando los incentivos están correctamente estructurados, añaden estos teóricos, la ciudadanía responde de manera natural. De esta forma, para un institucionalista la realidad económica es resultado de la acción colectiva de quienes producen y consumen; si sus incentivos los alientan a ser egoístas, simplemente lo serán. De la misma manera, esta corriente concibe al ciudadano no como una persona excepcional, dotada de valores extraordinarios, sino como un actor que responde ante lo que percibe en el entorno. Si advierte que su voto hará una gran diferencia, no desperdiciará la oportunidad de hacerlo valer, en tanto que si teme por la manipulación del sufragio, no verá razón para perder su tiempo. Douglas North (Instituciones, cambio institucional y el desempeño económico) y William Bernstein (El nacimiento de la prosperidad) son dos exponentes contemporáneos de esta visión.
Como en todo lo relativo a la naturaleza humana, es evidente que ambas perspectivas ofrecen ángulos que permiten explicar circunstancias específicas. En algunas ocasiones es lo cultural lo que se antoja como dominante, mientras en otras resulta evidente que las instituciones son la explicación última. Alguno podría llegar a afirmar que, en el fondo, se trata de un círculo vicioso, del viejo dilema sobre qué es primero, el huevo o la gallina. Sin embargo, el problema es más simple. Si bien hay explicaciones válidas y encomiables desde ambas perspectivas, resulta claro que no siempre hay contradicción. Mientras las instituciones (desde las leyes hasta “las reglas del juego”, las explícitas y las implícitas, las regulaciones y las normas sociales) estén bien estructuradas, generarán incentivos que permitan el logro de objetivos socialmente deseables, y viceversa.
A nadie le costará trabajo explicar la razón por la cual una empresa utiliza todos los recursos disponibles para influir en la aprobación de una ley que le beneficia o para impedir otra que le afecta. Sus incentivos son transparentes. Lo mismo se puede decir de un líder sindical que paraliza una vía de comunicación, o de un grupo de manifestantes que bloquea la avenida de los Insurgentes a la hora de mayor tránsito: todos saben que cuando un gobierno responde ante estos estímulos, tiene sentido llevar a cabo los bloqueos. Si, por el contrario, el gobierno hiciera cumplir la ley y aprehendiera a los manifestantes, las protestas públicas disminuirían de manera radical. No hay mucha ciencia en todo esto: los seres humanos respondemos ante incentivos.
La pregunta es qué ocurre con la construcción de las instituciones. A fin de cuentas, si los incentivos motivan que la gente se comporte de una determinada manera, bastaría con cambiar esos incentivos. Sin embargo, el hecho de que no sea fácil llevar a cabo esos cambios apunta hacia un problema mayor y más complejo. Un culturalista diría que la cultura impide ese cambio, en tanto que un institucionalista afirmaría que los responsables de llevar a cabo los cambios no lo hacen, porque sus intereses sufrirían las consecuencias.
Vuelvo al tema del subdesarrollo. Harrison afirmaba que los impedimentos al desarrollo se encontraban en la mente, es decir, su perspectiva es la de un culturalista. Pero el tema me ha “hecho ruido” por mucho tiempo, sobre todo desde que me dediqué a tratar de entender el proceso de Irlanda, un país subdesarrollado y cada vez más despoblado por una población migrante en crecimiento (sounds familiar?) ante la falta de oportunidades. Luego de más de un siglo de subdesarrollo, pobreza y desperdicio, como nosotros, Irlanda súbitamente dio la vuelta, adoptó un conjunto de estrategias de desarrollo que transformaron su perspectiva y ahora es no sólo la economía que más crece de las europeas, sino que va que vuela a convertirse en la hermana rica de la Unión Europea.
Lo que ocurrió en Irlanda es que, un buen día, gracias a un liderazgo efectivo, los irlandeses se percataron de lo obvio: su país se estaba rezagando no por causa de una conspiración mundial o porque el pasado fuera sagrado, ni tampoco porque las importaciones desplazaran a sus productores locales o porque faltara capital u oportunidades de inversión o exportación, sino simple y llanamente porque ellos mismos estaban inertes. Todos los irlandeses, como los mexicanos hoy, sabían que estaban atrapados, pero cambiaron porque un liderazgo efectivo llevó a la población a reconocer, comenzando por los intereses más encumbrados, que todos ganaban, incluso esos intereses, si se lograba el crecimiento. El resto, para Irlanda, es historia; para nosotros, un calvario.
Concepto clave: “liderazgo efectivo”. Cosa que en México es inexistente…
Por cierto muchos sabrán que yo soy institucionalista. No por eso pienso que el punto de visto culturalista o del capital social está erróneo, creo que es un poco de los dos y aunque sin duda el aspecto cultural es el que predomina en la sociedad, el institucional es que determina la manera de actuar de nuestro liderazgo. ¿Por qué no existe la voluntad de cambiar las cosas? Porque los intereses de los poderosos se afectarían, punto. Piensen qué es lo que México más necesita: ¿una reforma fiscal? No. ¿Una reforma energética? Tampoco. Necesitamos un Estado de Derecho. Eso implica una reforma a nuestros sistemas judiciales, legales, penales, etc. ¿Cuales serían las consecuencias de tal cosa? Que nuestros narco-políticos terminarían en la cárcel. Que nuestros legisladores corruptos no tendrían Corte Suprema para defenderlos. Que los burócratas y policías ligados al hampa vivirían sus vidas en el reclusorio. Que los grandes empresarios pagaran impuestos (¿sabían que 50 grandes corporativos multi-millonarios pagan menos de $74 pesos en ISR al año y otros 50 pagan menos de $67 en IVA? Esperen un artículo sobre esto pronto). Que toda la bola de brutos que terminan en puestos altos por dedazo o palanca tuvieran que cederlos a la gente preparada y capacitada.
A esta gente no le interesa que México cambie. Tendremos mil y un problemas en el país pero sacrificar la comodidad con la que esta gente lucra a costa de otros es algo que no cambiarían por nada. Por eso estamos jodidos.









April 13th, 2007 at 11:27 am
soy de los que tienen esperanza en un México mejor, después de leer tu post, me doy cuenta de que ese México es posible, con mucho trabajo. Creo que lo mejor que puedo hacer para desempeñarme en ese mundo y sobresalir, es hacer carrera como administrador de carceles que bien parece se llenarían.
Saludos
April 13th, 2007 at 2:09 pm
Yo también tengo la esperanza de un México mejor…. simplemente no lo veo ocurriendo. :P
April 14th, 2007 at 1:31 pm
Pues… Es bueno que tenga esperanza de un México mejor… Pero recuerda que eso esta difícil =/ ya que por culpa de la globalización y el capitalismo el rico se hace más rico y el pobre más pobre… Aunque si… Con mucho trabajo, con menos discriminación, mas igualdad, y gobernantes que no solo piensen en si mismo, si no en todo México… Aunque se escuche difícil si se puede n_n!
April 15th, 2007 at 12:01 pm
Es que en México a veces pienso que está dificil. Mas bien uno debería hacer la diferencia en su vida, no queda de otra. Porque esa cultura de la corrupción, está muy sólida.
April 16th, 2007 at 11:16 am
Leí seguidos este post y el de los peores mexicanos y al meditar en Fox veo que hemos dejado pasar una oportunidad más para salir del hoyo que tenemos por país, su peso específico como un líder que guiara de manera mesiánica un cambio no solo institucional sino cultural y cambiara la percepción generalizada de que no se puede salir de este círculo vicioso de corrupción.
¿Porqué un mexicano que va a Estados Unidos no tira basura? porque sabe que ahí si lo castigan, es decir, es capaz de transformar su formación cultural de que puede tirar basura impunemente porque sabe que ahí si funciona el marco jurídico (instituciones).
Deben de ir de la mano el aspecto central de liderazgo con una reforma institucional, es decir, debe haber obras que demuestren la intención de hacer las cosas, como decimos en la iglesia ”la fe sin obras es muerta”, si no pones manos a la obra, no sirve de nada lo que predicas.
July 17th, 2007 at 6:30 pm
pues si pero tendria ke akabarse la xenofobia no el odio alos extranjeros si no el miedo y rechazo a otras culturas como por ejemplo la mia solo por ser hgeavy ya te ven raro si no escuchas banda o duranguense vallenatas o corridos ya te van como si fueras un vago o un delincuente aunkelamayoria deesas personas seanlos ke escuchan eso mexico tendria ke kambiar su forma de pensar y aceptar aotodas lasperosnas sin discriminacion parake este pais pudiera superarseesa es la unbika verdad ypero creo ke es posible dentro de unos años ojalay pase